Semanas de noticias horribles, meses de dolor, me han llevado a recuperar un libro de 2004 (Alfaguara) en el que ya había emociones y dolores presentidos. Rafael Ramírez Heredia., el autor, es deTampico (México); profesor de literatura española y maestro de Historia; Premio Nacional de Literatura en México.
Este libro, "La mara", comienza con una cita de Ortega y Gasset: “Sorprenderse, extrañarse es comenzar a comprender”, magníficamente traída para el curso de la narración. El lector va de sorpresa en sorpresa y no acaba de acomodarse a nada de lo que le cuentan... porque nadie normal puede acomodarse al abuso del hombre por el hombre.
Hay literatura por todas partes. Imágenes, figuras, recursos sintácticos y soluciones narrativas saltan del papel a las manos y a los ojos del lector. Lamentablemente no es para traperos del tiempo: te pierdes si lo dejas. A cambio, la novela se hace más que corta, breve.
Ramírez narra con un lenguaje enérgico, salvaje y perfecto: como un cable de alta tensión dando latigazos en un reguero de agua. Un ejercicio de literatura moderna. Y disfrutas del magnífico uso de los diferentes registros lingüísticos que nos presentan los usos del español en Centroamérica y Norteamérica: en un momento dado ya no te dice de dónde son los personajes, simplemente les hace hablar. Antes ya te había presentado a cada cuál según su procedencia.
Esta es una novela valiente y compleja que aborda el tema del desprecio del hombre en tierra de frontera. La diferencia entre emigrar y huir. La desesperación que acepta más desesperación, con tal de que sea diferente. Una novela que trata del abuso, los abusadores y los abusados.
La Mara Salvatrucha del 13 es un clan, como cualquier clan en el que los iniciados mueren su muerte presentida. Esta es su historia, la del horror encomendado a los que ya no saben sino hacer sufrir, porque no han conocido más que sufrimiento. Un laberinto de tremendismo y salvajadas muy bien documentado y contado con preciosismo y pena.
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lunes, 30 de agosto de 2010
martes, 10 de agosto de 2010
El existencialista hastiado
La elocuencia y el poder de la verdad
“Conversaciones con Albert Camus” escritas por Howard Mumma, [Ed. Voz de Papel] que ofrecen un refresco para el ejercicio de pensar y disfrutar. Crecer a partir del conocimiento, entendido como perfección y no como acumulación de saber: ése es el reto que nos plantea Mumma a través de su experiencia. Camus se enfrentó a su responsabilidad para con la vida y con el mundo y lo hizo buscando sin fantasmas.
Magnífica edición de José Ángel Agejas, con un pórtico que prepara al lector para convivir con Mumma y con Camus en su experiencia del esfuerzo y ante la vida. Una oportunidad para analizar la idea de coherencia y sentir la paz interior.
“Conversaciones con Albert Camus” escritas por Howard Mumma, [Ed. Voz de Papel] que ofrecen un refresco para el ejercicio de pensar y disfrutar. Crecer a partir del conocimiento, entendido como perfección y no como acumulación de saber: ése es el reto que nos plantea Mumma a través de su experiencia. Camus se enfrentó a su responsabilidad para con la vida y con el mundo y lo hizo buscando sin fantasmas.
Magnífica edición de José Ángel Agejas, con un pórtico que prepara al lector para convivir con Mumma y con Camus en su experiencia del esfuerzo y ante la vida. Una oportunidad para analizar la idea de coherencia y sentir la paz interior.
viernes, 30 de julio de 2010
Budapest
Sobre el aprendizaje del amor
Salamandra editó esta nteresantísima novela de Chico Buarque. La piel descrita como “cáscara provisional”sirve de zaguán para una cadena de imágenes poderosas acerca de la manera en que las personas somos nosotros y otros, nos comportamos como unos y distintos, escuchamos con la mirada, absorbemos silencios, nos desdoblamos y estamos.
Aprender un idioma no es sólo cuestión de tener facilidad ni de aprender palabras; para hablar en un idioma es necesario entender e interiorizar por qué piensan y sienten como lo hacen los nativos del país en que se habla. Si el idioma es el húngaro, una lengua no indoeuropea, la cosa se complica especialmente. El escenario emocional de la novela no puede ser mejor para presentarnos a unos personajes que buscan cómo hacerse entender por aquellos a quienes aman. Amar es un empeño, igual que hablar un nuevo idioma, y exige un esfuerzo comparable.
A partir del anonimato, trasunto de la ignorancia, Chico Buarque construye una comedia escondida en un laberinto de amoríos, dobles parejas, identidades fracturadas y carencias de sentido. Sólo la aceptación de las reglas del porque sí permite dar el paso determinante para iniciarse en el aprendizaje, sea del amor o del idioma. La novela reclama a gritos el derecho de la irracionalidad a ocupar su espacio en el mundo; quizá porque el autor es músico y poeta.
El amor tiene un lenguaje propio y no es posible amar ni dejarse amar sin conocer su estructura fundamental. Hay una ética del esfuerzo y del deseo en la novela. También nos encontramos con un elogio de la casualidad. Los personajes están allí donde la vida les ha dejado; las emociones se disponen en un estado de desorden humano y convincente. Una lectura animosa y deseable.
Salamandra editó esta nteresantísima novela de Chico Buarque. La piel descrita como “cáscara provisional”sirve de zaguán para una cadena de imágenes poderosas acerca de la manera en que las personas somos nosotros y otros, nos comportamos como unos y distintos, escuchamos con la mirada, absorbemos silencios, nos desdoblamos y estamos.
Aprender un idioma no es sólo cuestión de tener facilidad ni de aprender palabras; para hablar en un idioma es necesario entender e interiorizar por qué piensan y sienten como lo hacen los nativos del país en que se habla. Si el idioma es el húngaro, una lengua no indoeuropea, la cosa se complica especialmente. El escenario emocional de la novela no puede ser mejor para presentarnos a unos personajes que buscan cómo hacerse entender por aquellos a quienes aman. Amar es un empeño, igual que hablar un nuevo idioma, y exige un esfuerzo comparable.
A partir del anonimato, trasunto de la ignorancia, Chico Buarque construye una comedia escondida en un laberinto de amoríos, dobles parejas, identidades fracturadas y carencias de sentido. Sólo la aceptación de las reglas del porque sí permite dar el paso determinante para iniciarse en el aprendizaje, sea del amor o del idioma. La novela reclama a gritos el derecho de la irracionalidad a ocupar su espacio en el mundo; quizá porque el autor es músico y poeta.
El amor tiene un lenguaje propio y no es posible amar ni dejarse amar sin conocer su estructura fundamental. Hay una ética del esfuerzo y del deseo en la novela. También nos encontramos con un elogio de la casualidad. Los personajes están allí donde la vida les ha dejado; las emociones se disponen en un estado de desorden humano y convincente. Una lectura animosa y deseable.
lunes, 26 de julio de 2010
El inútil de la familia
Historia triste de un hombre que se burló de todos y de todo, hasta de la vida, y de las facturas que le pasaron. Novela magnífica escrita con más cariño que admiración, sin censuras, sin juicios, con datos. Un recado a la sociedad actual: los sentidos están para sentir.
Jorge Edwards conversa con su tío Joaquín para “suprimir el silencio” (p.84) que le enterró: un bohemio jugador que había sido premio nacional de literatura y tuvo que exiliarse hasta de vivir. El homenaje a Joaquín Edwards Bello se construye sin ironía, sin ambigüedades, más en español que en criollo, reflexionando acerca de la peripecia de un iluminador.
En el mismo libro encontramos novela, ensayo, biografía y fresco costumbrista; consideramos la distancia que existe entre la sociedad y el individuo; vemos pasar revista a los autores admirados, como Ponson du Terrail, Eça de Queiroz, Baroja, igual que a los ignorados, como “ese poeta medio indio, recién llegado de Centroamérica, que vive borracho” (p.38).
El mero hecho de leer se hace placentero. Edwards maneja los tiempos verbales con maestría para referirse a la interpelación del lector, a los recuerdos que convengan a la narración, a las conversaciones con su tío. El autor construye una ficción, inventa situaciones que pudieron ser aunque no constan, construye personajes, adorna secuencias, define escenarios y propone el discurso. La novela no depende del lector, sino que va hacia donde marca el autor. Una delicia. Literatura.
Defendible incluso la imagen de “los bonitos ojos de paloma torcaz en sombra” (p. 84), monumental cursilada, como toque de autor en una obra atonal y libre. “Había que arriesgar en el lenguaje y más que en el lenguaje” (p. 344). Vale la pena. [Alfaguara]
Jorge Edwards conversa con su tío Joaquín para “suprimir el silencio” (p.84) que le enterró: un bohemio jugador que había sido premio nacional de literatura y tuvo que exiliarse hasta de vivir. El homenaje a Joaquín Edwards Bello se construye sin ironía, sin ambigüedades, más en español que en criollo, reflexionando acerca de la peripecia de un iluminador.
En el mismo libro encontramos novela, ensayo, biografía y fresco costumbrista; consideramos la distancia que existe entre la sociedad y el individuo; vemos pasar revista a los autores admirados, como Ponson du Terrail, Eça de Queiroz, Baroja, igual que a los ignorados, como “ese poeta medio indio, recién llegado de Centroamérica, que vive borracho” (p.38).
El mero hecho de leer se hace placentero. Edwards maneja los tiempos verbales con maestría para referirse a la interpelación del lector, a los recuerdos que convengan a la narración, a las conversaciones con su tío. El autor construye una ficción, inventa situaciones que pudieron ser aunque no constan, construye personajes, adorna secuencias, define escenarios y propone el discurso. La novela no depende del lector, sino que va hacia donde marca el autor. Una delicia. Literatura.
Defendible incluso la imagen de “los bonitos ojos de paloma torcaz en sombra” (p. 84), monumental cursilada, como toque de autor en una obra atonal y libre. “Había que arriesgar en el lenguaje y más que en el lenguaje” (p. 344). Vale la pena. [Alfaguara]
jueves, 22 de julio de 2010
El pintor de batallas
La huella del dolor en la persona
Arturo Pérez Reverte fue corresponsal de guerra; de los de verdad; de los que se respetaban a sí mismos en el respeto al ver, oír y contar... “y mi protagonismo me lo guardo”. Yo lo recuerdo. Aquí [Alfaguara, 2006] da la sensación de que sí ha querido aparecer. Él es el pintor de batallas o, al menos, lo fue en una memoria paralela: los referentes geográficos y vitales lo insinúan. Incluso la explicación de la diferencia entre buen dibujante y buen pintor plantea una aproximación al concepto que parece tener el autor de sí mismo. Debo contradecirle: también pinta; lo hace con imágenes poderosas, alusiones humanas y un calor en la palabra que desborda la precisión de los significados. ¡Qué maravilla los colores en lenguaje profesional: siena, cadmio, payne, prusia...! Palabras de pintor.
“Tyger, tyger, burning bright / in the forests of the night / what inmortal hand or eye / could frame thy fearful symetry?” William Blake le ha prestado la imagen de los versos (en la p. 114 de la edición que yo tengo ya lo hace evidente), para insinuar desde el principio que existe un paralelo entre lo que ocurre y lo que se percibe, que hay simetría, pero no identidad. Pérez Reverte nos describe el desgarro del dolor resultante de la guerra con precisión y desde el reflejo acerado de la conciencia. Le duele mucho lo que vivió y quiere que se le note... pero sin mariconadas (p. ej. p. 60).
Esta novela es obra de un escritor que ha ido creciendo con cada nuevo libro. Narrada con frecuencia en dos planos, pasado y presente, cruza las secuencias y te lleva de la mano; la historia es fácil de seguir, a pesar de la compleja estructura literaria, porque está muy bien escrita: los personajes se describen en personas, están acabados, viven; las secuencias están situadas, existe un criterio para la acción y un momento para cada reflexión. Los diálogos entran y salen de la narración al encuentro de la trama; todo es diálogo y todo desarrollo al mismo tiempo. El lector es eso: lector, durante trescientas cortísimas páginas (¡a ver si alguien va tomando nota!).
El autor es el que opina. La obra presenta la falsedad de la conciencia de cartón piedra ante la guerra. Rompe los clichés: la contemplación del dolor deja una huella profunda. El arte puede ser una consecuencia, pero no algo buscado: se narra, se cuenta, se “comunica” el horror, pero no se vende “arte” a su costa; por eso hay tan poca verdad (el Goya de los fusilamientos) y tanta mediocridad (¿el Gernika?). Por cierto, ¡menudo viaje a Capa! (p.20, p. 72).
“Al divorciarnos de la naturaleza, los hombres hemos perdido la capacidad de consuelo frente al horror que acecha ahí afuera” (p.120). Toda la novela hace que Faulques, el pintor, e Ivo, su espejo, reflexionen alrededor de ese mensaje. ¿Qué significa lo de las Troyas dormidas? No se puede decir más en menos papel. Una grandísima novela. Para comprar y regalar.
Arturo Pérez Reverte fue corresponsal de guerra; de los de verdad; de los que se respetaban a sí mismos en el respeto al ver, oír y contar... “y mi protagonismo me lo guardo”. Yo lo recuerdo. Aquí [Alfaguara, 2006] da la sensación de que sí ha querido aparecer. Él es el pintor de batallas o, al menos, lo fue en una memoria paralela: los referentes geográficos y vitales lo insinúan. Incluso la explicación de la diferencia entre buen dibujante y buen pintor plantea una aproximación al concepto que parece tener el autor de sí mismo. Debo contradecirle: también pinta; lo hace con imágenes poderosas, alusiones humanas y un calor en la palabra que desborda la precisión de los significados. ¡Qué maravilla los colores en lenguaje profesional: siena, cadmio, payne, prusia...! Palabras de pintor.
“Tyger, tyger, burning bright / in the forests of the night / what inmortal hand or eye / could frame thy fearful symetry?” William Blake le ha prestado la imagen de los versos (en la p. 114 de la edición que yo tengo ya lo hace evidente), para insinuar desde el principio que existe un paralelo entre lo que ocurre y lo que se percibe, que hay simetría, pero no identidad. Pérez Reverte nos describe el desgarro del dolor resultante de la guerra con precisión y desde el reflejo acerado de la conciencia. Le duele mucho lo que vivió y quiere que se le note... pero sin mariconadas (p. ej. p. 60).
Esta novela es obra de un escritor que ha ido creciendo con cada nuevo libro. Narrada con frecuencia en dos planos, pasado y presente, cruza las secuencias y te lleva de la mano; la historia es fácil de seguir, a pesar de la compleja estructura literaria, porque está muy bien escrita: los personajes se describen en personas, están acabados, viven; las secuencias están situadas, existe un criterio para la acción y un momento para cada reflexión. Los diálogos entran y salen de la narración al encuentro de la trama; todo es diálogo y todo desarrollo al mismo tiempo. El lector es eso: lector, durante trescientas cortísimas páginas (¡a ver si alguien va tomando nota!).
El autor es el que opina. La obra presenta la falsedad de la conciencia de cartón piedra ante la guerra. Rompe los clichés: la contemplación del dolor deja una huella profunda. El arte puede ser una consecuencia, pero no algo buscado: se narra, se cuenta, se “comunica” el horror, pero no se vende “arte” a su costa; por eso hay tan poca verdad (el Goya de los fusilamientos) y tanta mediocridad (¿el Gernika?). Por cierto, ¡menudo viaje a Capa! (p.20, p. 72).
“Al divorciarnos de la naturaleza, los hombres hemos perdido la capacidad de consuelo frente al horror que acecha ahí afuera” (p.120). Toda la novela hace que Faulques, el pintor, e Ivo, su espejo, reflexionen alrededor de ese mensaje. ¿Qué significa lo de las Troyas dormidas? No se puede decir más en menos papel. Una grandísima novela. Para comprar y regalar.
martes, 20 de julio de 2010
El primer siglo después de Beatrice
Maravilloso libro de Amin Maalouf [Alianza Cuatro].
El autogenociodio de los pueblos misóginos. A través de una historia de amor, Amin Maalouf nos enfrenta a un ataque de responsabilidad. Un hombre, un científico, un entomólogo, le pide a su mujer un regalo: quiere que le dé un hijo. Le regala una hija. Recorremos el mundo de la injusticia, de las dificultades en el desamor, de la pasión “paternal” (no creo que exista como instinto), de las habituales soflamas maltusianas acerca de la superpoblación; recorremos el genocidio del aborto como medio de planificación familiar, uno de los grandes crímenes del siglo XX, enfrentamos el mundo de las diferencias de género, de las desigualdades procedentes de un falso respeto por lo que se presenta como “tradición”, “raíz”, “marca de culturas”. Este ensayo es una advertencia, una diatriba contra la falla norte-sur, una defensa de la feminidad del mundo y un grito al sentido común.
El mundo debería ser algo más que un territorio de supervivientes.
“Es en ese momento cuando, en las películas púdicas, una lámpara se apaga, una puerta se cierra, una cortina se baja. Y en algunos libros, se pasa una página, pero lentamente, como deben pasar esos minutos, lentamente, y sin otro sonido que el de una tela que tiembla”. ¡Qué manifestación de respeto!, que es de lo que trata realmente el libro, del respeto que se deben las personas a sí mismas, a los demás, a las generaciones venideras. Pues el mundo actual se nos ha dado, tenemos una responsabilidad inherente al hecho de ser humanos: la de diseñar y comenzar a construir un futuro mejor que nuestro presente.
“¿No es la paradoja de nuestra cultura que al convertirse en dueña del espacio se haya hecho esclava del tiempo?”. El debate de la ley natural, de los derechos humanos, de las libertades civiles, abierto y expuesto. El Norteoccidente poderoso, tan democrático y libre, impone sus paradigmas, aunque no su escala de valores: lo malvado sólo es malvado si se hace aquí, pero es admisible allí. El Norteoccidente está dispuesto a “respetar” barbaridades convenientes económicamente escondién-dolas en falso acervo cultural. “Por supuesto el odio no se llama odio más que cuando lo vemos en los demás; el que está en nosotros lleva mil nombres diferentes”.
Y concluye con una invitación a abandonarse en uno mismo, a pensar para tomar decisiones... y ser persona: “Un día cercano, no volveré de mi paseo. Lo sé, lo espero y no lo temo. Partiré por algún sendero familiar. Mis pensamientos brincarán indomables. De pronto, agotado por mis argumentaciones, ebrio, exaltado, mi corazón se desbocará y yo buscaré el apoyo de algún roble amigo. Allí, en ese estado, mezcla de torpor y de última serenidad, tendré en el espacio de un instante la más preciada ilusión: el mundo, tal como lo he conocido, me parecerá una vulgar pesadilla, y será el mundo de mis sueños el que adopte un aspecto de realidad. Empezaré a creer en él de nuevo, un poco más a cada instante. Y será a él al que mi mirada envuelva por última vez. Una sonrisa de niño irá a iluminar mi barba color de montaña. Y, en paz, cerraré los ojos.”
Así termina. Lindo, ¿no?
El autogenociodio de los pueblos misóginos. A través de una historia de amor, Amin Maalouf nos enfrenta a un ataque de responsabilidad. Un hombre, un científico, un entomólogo, le pide a su mujer un regalo: quiere que le dé un hijo. Le regala una hija. Recorremos el mundo de la injusticia, de las dificultades en el desamor, de la pasión “paternal” (no creo que exista como instinto), de las habituales soflamas maltusianas acerca de la superpoblación; recorremos el genocidio del aborto como medio de planificación familiar, uno de los grandes crímenes del siglo XX, enfrentamos el mundo de las diferencias de género, de las desigualdades procedentes de un falso respeto por lo que se presenta como “tradición”, “raíz”, “marca de culturas”. Este ensayo es una advertencia, una diatriba contra la falla norte-sur, una defensa de la feminidad del mundo y un grito al sentido común.
El mundo debería ser algo más que un territorio de supervivientes.
“Es en ese momento cuando, en las películas púdicas, una lámpara se apaga, una puerta se cierra, una cortina se baja. Y en algunos libros, se pasa una página, pero lentamente, como deben pasar esos minutos, lentamente, y sin otro sonido que el de una tela que tiembla”. ¡Qué manifestación de respeto!, que es de lo que trata realmente el libro, del respeto que se deben las personas a sí mismas, a los demás, a las generaciones venideras. Pues el mundo actual se nos ha dado, tenemos una responsabilidad inherente al hecho de ser humanos: la de diseñar y comenzar a construir un futuro mejor que nuestro presente.
“¿No es la paradoja de nuestra cultura que al convertirse en dueña del espacio se haya hecho esclava del tiempo?”. El debate de la ley natural, de los derechos humanos, de las libertades civiles, abierto y expuesto. El Norteoccidente poderoso, tan democrático y libre, impone sus paradigmas, aunque no su escala de valores: lo malvado sólo es malvado si se hace aquí, pero es admisible allí. El Norteoccidente está dispuesto a “respetar” barbaridades convenientes económicamente escondién-dolas en falso acervo cultural. “Por supuesto el odio no se llama odio más que cuando lo vemos en los demás; el que está en nosotros lleva mil nombres diferentes”.
Y concluye con una invitación a abandonarse en uno mismo, a pensar para tomar decisiones... y ser persona: “Un día cercano, no volveré de mi paseo. Lo sé, lo espero y no lo temo. Partiré por algún sendero familiar. Mis pensamientos brincarán indomables. De pronto, agotado por mis argumentaciones, ebrio, exaltado, mi corazón se desbocará y yo buscaré el apoyo de algún roble amigo. Allí, en ese estado, mezcla de torpor y de última serenidad, tendré en el espacio de un instante la más preciada ilusión: el mundo, tal como lo he conocido, me parecerá una vulgar pesadilla, y será el mundo de mis sueños el que adopte un aspecto de realidad. Empezaré a creer en él de nuevo, un poco más a cada instante. Y será a él al que mi mirada envuelva por última vez. Una sonrisa de niño irá a iluminar mi barba color de montaña. Y, en paz, cerraré los ojos.”
Así termina. Lindo, ¿no?
viernes, 16 de julio de 2010
Pelo de zanahoria
La cuestión de la familia
[Traducción y prólogo de Ana María Moix de la obra de Jules Renard. Lumen, 2005].
No sé qué vale más en esta edición, el prólogo o la obra en sí. Ana María Moix ha realizado una excelente traducción; pero, sobre todo, ha prologado su trabajo con las tripas y desde los principios y, claro, le ha salido una obra redonda. Ana María Moix nos ha recordado que las buenas obras se releen con delectación y aguantan el paso de los años. Hace treintaydós (lo sé porque suelo anotar la fecha en que leo los libros) años que mi madre me puso en las manos “Poil de Carotte” y acertó: no hay mejor espejo para el adolescente que la reflexión cortada a navajazos acerca de la propia adolescencia.
A pesar de que Renard ponga en negro sobre blanco su experiencia de dolor como hijo, la novela, que se lee en 49 secuencias, sugiere más amor que desesperanza. Especialmente recomendables “la olla”, “los renacuajos” y “el álbum de Pelo de zanahoria”, este último traducido con tanto mimo como precisión.
Una obra cortísima en el mejor sentido de la palabra y perfecta para “traperos del tiempo”: puedes dejar y recuperar la lectura sin miedo a perderte. El planteamiento de cada secuencia responde a un tratamiento que se explica en sí mismo, como un pase de diapositivas con comentarios y espacio para el coloquio. Ahora bien, la obra no contiene moralina ni “opinionina”, presenta ideas y expresa sentimientos más que sensaciones.
En un momento en que tanto padre progre de diseño se empeña en renunciar a ejercer de padre (o madre), viene bien tener a mano una obra que sirve de cuaderno de navegación... y cuya lectura se puede compartir con los hijos: da para conversar y discutir y confrontar... ¡y se lee tan bien!
Un buen libro en el que los conceptos ejercen de anfitriones, los sentidos de compañeros y las palabras de tiempo para el disfrute.
[Traducción y prólogo de Ana María Moix de la obra de Jules Renard. Lumen, 2005].
No sé qué vale más en esta edición, el prólogo o la obra en sí. Ana María Moix ha realizado una excelente traducción; pero, sobre todo, ha prologado su trabajo con las tripas y desde los principios y, claro, le ha salido una obra redonda. Ana María Moix nos ha recordado que las buenas obras se releen con delectación y aguantan el paso de los años. Hace treintaydós (lo sé porque suelo anotar la fecha en que leo los libros) años que mi madre me puso en las manos “Poil de Carotte” y acertó: no hay mejor espejo para el adolescente que la reflexión cortada a navajazos acerca de la propia adolescencia.
A pesar de que Renard ponga en negro sobre blanco su experiencia de dolor como hijo, la novela, que se lee en 49 secuencias, sugiere más amor que desesperanza. Especialmente recomendables “la olla”, “los renacuajos” y “el álbum de Pelo de zanahoria”, este último traducido con tanto mimo como precisión.
Una obra cortísima en el mejor sentido de la palabra y perfecta para “traperos del tiempo”: puedes dejar y recuperar la lectura sin miedo a perderte. El planteamiento de cada secuencia responde a un tratamiento que se explica en sí mismo, como un pase de diapositivas con comentarios y espacio para el coloquio. Ahora bien, la obra no contiene moralina ni “opinionina”, presenta ideas y expresa sentimientos más que sensaciones.
En un momento en que tanto padre progre de diseño se empeña en renunciar a ejercer de padre (o madre), viene bien tener a mano una obra que sirve de cuaderno de navegación... y cuya lectura se puede compartir con los hijos: da para conversar y discutir y confrontar... ¡y se lee tan bien!
Un buen libro en el que los conceptos ejercen de anfitriones, los sentidos de compañeros y las palabras de tiempo para el disfrute.
jueves, 15 de julio de 2010
Mar al fondo
Magnífica selección de relatos en los que se recrea el espíritu de diferentes mares desde la mirada de José Luis Sampedro. Empieza el “viaje” por el Ártico, para después de navegar el Egeo, el Báltico, el Caribe, el Índico... Esta vez sí, un verdadero periplo.
El mar sirve de espejo en el que reflejar las más profundas emociones humanas. Diez relatos en los que Sampedro convoca el espíritu de Jack London y el afán de Joseph Conrad, para revestirlos con su caricia del lenguaje a la hora de narrar. Dice en el prólogo: “No reservarme estos relatos es completar mis mensajes a conocidos y desconocidos, vaciarme del todo en la botella donde el náufrago, desde la soledad de su isla, lanza al mar su esperanza.”
Leamos una imagen: “ Abajo, en el abismo, espumeantes remolinos festoneaban de espuma el acantilado. Venían desde alta mar ondas magníficas, henchidas de azul, y se desataban rompiendo en ronco fragor de libertad. Vivían un breve ardor y se extinguían. Una tras otra, incansablemente, desde aquel horizonte siempre dorado, luminoso, divino, sin traducción humana.”
Quizá sea en “Land’s End” ―la narración que más me encoge a mí― donde se identifique con más claridad el pulso del hombre con la naturaleza desbocada del poder del mar. Aquí se retan el hombre con sus sentidos y sinsentidos, y el mar con sus orgullos y poderes inacabables: “Uno puede estar a la distancia que quiera. Fundido en él o infinitamente lejos. En la última piedra del cabo, siempre rodeada por la marejada y a veces cubierta por las grandes pleamares, es más que estar cerca: uno es Océano.
El mar moldea a las personas según sus propias normas de cortesía y dolor. El mar amasa caracteres y forja las arrugas del afecto. El mar atrapa. El mar quita y da las vidas afectadas de sus habitantes.
[El libro. en Plaza y Janés editores]
El mar sirve de espejo en el que reflejar las más profundas emociones humanas. Diez relatos en los que Sampedro convoca el espíritu de Jack London y el afán de Joseph Conrad, para revestirlos con su caricia del lenguaje a la hora de narrar. Dice en el prólogo: “No reservarme estos relatos es completar mis mensajes a conocidos y desconocidos, vaciarme del todo en la botella donde el náufrago, desde la soledad de su isla, lanza al mar su esperanza.”
Leamos una imagen: “ Abajo, en el abismo, espumeantes remolinos festoneaban de espuma el acantilado. Venían desde alta mar ondas magníficas, henchidas de azul, y se desataban rompiendo en ronco fragor de libertad. Vivían un breve ardor y se extinguían. Una tras otra, incansablemente, desde aquel horizonte siempre dorado, luminoso, divino, sin traducción humana.”
Quizá sea en “Land’s End” ―la narración que más me encoge a mí― donde se identifique con más claridad el pulso del hombre con la naturaleza desbocada del poder del mar. Aquí se retan el hombre con sus sentidos y sinsentidos, y el mar con sus orgullos y poderes inacabables: “Uno puede estar a la distancia que quiera. Fundido en él o infinitamente lejos. En la última piedra del cabo, siempre rodeada por la marejada y a veces cubierta por las grandes pleamares, es más que estar cerca: uno es Océano.
El mar moldea a las personas según sus propias normas de cortesía y dolor. El mar amasa caracteres y forja las arrugas del afecto. El mar atrapa. El mar quita y da las vidas afectadas de sus habitantes.
[El libro. en Plaza y Janés editores]
miércoles, 14 de julio de 2010
Permiso para creer
La verdad desnuda es más clara
Un ensayo [de José Mª Otxotorena, en Ediciones Internacionales Universitarias] tan comprometido, claro y razonado como positivo. Comprometido porque afronta la interpretación de la realidad sin hacer concesiones a la conveniencia, al relativismo cultural y moral; claro porque se entiende de manera sencilla: el autor se explica y hace comprender sin recurrir a conceptos abstrusos, sigue la máxima de que todo se puede contar por lo fácil, es cuestión de tener las ideas claras y voluntad de explicarse; razonado porque fundamenta sus posiciones, argumenta con motivos y valores y justifica lo que dice; y positivo porque busca siempre una salida a los problemas en la calidad intrínseca de la vida del hombre que se asume como tal.
Creer es legítimo, humano, valiente y cálido. ¿por qué tenemos que pedir permiso? Porque el entorno es hostil. Juan M Otxotorena se detiene en cuestiones concretas para presentar la encrucijada en la que el cristiano se tiene que medir hoy en día: el respeto a la vida, los casos extremos, la intolerancia, las desigualdades, las paradojas de la libertad, la hiperdemocracia, el conflicto entre derechos y deberes (la manipulación de los valores). Una vez planteado el problema, el autor presenta de manera concisa y firme la ofensiva laicista que pretende vestir de laico lo antirreligioso. Pero decidido a ser valiente, Otxotorena no se limita a plantear el problema, sino que ofrece soluciones y respuestas en la parte final del libro: cincuenta y dos páginas de respuesta; quizá haya respuestas comprometidas e incómodas, tanto como honradas y coherentes... al fin y al cabo, la vida del cristiano es una sucesión de coherencias hacia la perfección del Amor (aunque sea difícil y “valga” meter la pata).
Un poco “profesoral”, pero bueno, sano y necesario.
Un ensayo [de José Mª Otxotorena, en Ediciones Internacionales Universitarias] tan comprometido, claro y razonado como positivo. Comprometido porque afronta la interpretación de la realidad sin hacer concesiones a la conveniencia, al relativismo cultural y moral; claro porque se entiende de manera sencilla: el autor se explica y hace comprender sin recurrir a conceptos abstrusos, sigue la máxima de que todo se puede contar por lo fácil, es cuestión de tener las ideas claras y voluntad de explicarse; razonado porque fundamenta sus posiciones, argumenta con motivos y valores y justifica lo que dice; y positivo porque busca siempre una salida a los problemas en la calidad intrínseca de la vida del hombre que se asume como tal.
Creer es legítimo, humano, valiente y cálido. ¿por qué tenemos que pedir permiso? Porque el entorno es hostil. Juan M Otxotorena se detiene en cuestiones concretas para presentar la encrucijada en la que el cristiano se tiene que medir hoy en día: el respeto a la vida, los casos extremos, la intolerancia, las desigualdades, las paradojas de la libertad, la hiperdemocracia, el conflicto entre derechos y deberes (la manipulación de los valores). Una vez planteado el problema, el autor presenta de manera concisa y firme la ofensiva laicista que pretende vestir de laico lo antirreligioso. Pero decidido a ser valiente, Otxotorena no se limita a plantear el problema, sino que ofrece soluciones y respuestas en la parte final del libro: cincuenta y dos páginas de respuesta; quizá haya respuestas comprometidas e incómodas, tanto como honradas y coherentes... al fin y al cabo, la vida del cristiano es una sucesión de coherencias hacia la perfección del Amor (aunque sea difícil y “valga” meter la pata).
Un poco “profesoral”, pero bueno, sano y necesario.
lunes, 12 de julio de 2010
Las pequeñas memorias
La memoria es un espacio para acariciar recuerdos
¡Magnífico! Y eso que he tenido que vencer una pereza casi infinita para coger el libro, traspasar la nota de “libro amigo de los bosques”, y comenzar la lectura. Pero ocurre el arte: llegas a la tierra, “ese fondo movedizo del inmenso océano del aire”, te adentras en la memoria que te presta el autor, te desnudas, saltas dentro de “una alberca que al creador de los paisajes se le olvidó llevarse al paraíso” y no quieres salir. No deseas otra cosa que compartir el tiempo que te regalan. No me atrevo a citar páginas concretas ni a hacer referencias: sería como desvelar la historia... y aquí no hay asesino ni mayordomo.
Me costó, porque desde “La balsa de piedra” me había propuesto no volver a caer con Saramago. Pero uno es débil y trata de pensar que el “Ensayo sobre la ceguera” no había sido un espejismo. Lo confirmo. Tardó en recordar que sus lectores queremos disfrutar de lo que escribe. Lo más maravilloso de este libro es que el autor no pretende convencerte de nada, no te escribe desde una propuesta conceptual, no te acosa con sus proclamas ni te recuerda que, si no piensas como él, eres un equivocado. Tampoco le da por parecer retorcido ni por ponerse estupendo ni dejarse arrinconar por Lobo Antunes. Saramago suelta la mano en “Las pequeñas memorias” y escribe con el calor del sol, la prudencia de los años, el aliento de la vida y la paciencia infinita de las ganas de contar. ¡Vaya que sí!
El lagarto verde y el olivo. Las fotos. El trasunto de los recuerdos, seguros y firmes en las personas, velados en los hechos y los afectos, porque la memoria decide a qué le concede un primer plano, qué desenfoca y qué permite acunar en las manos.
Con libros como éste se podrían organizar talleres de lectura. [Lo publicó Alfaguara en 2007].
¡Magnífico! Y eso que he tenido que vencer una pereza casi infinita para coger el libro, traspasar la nota de “libro amigo de los bosques”, y comenzar la lectura. Pero ocurre el arte: llegas a la tierra, “ese fondo movedizo del inmenso océano del aire”, te adentras en la memoria que te presta el autor, te desnudas, saltas dentro de “una alberca que al creador de los paisajes se le olvidó llevarse al paraíso” y no quieres salir. No deseas otra cosa que compartir el tiempo que te regalan. No me atrevo a citar páginas concretas ni a hacer referencias: sería como desvelar la historia... y aquí no hay asesino ni mayordomo.
Me costó, porque desde “La balsa de piedra” me había propuesto no volver a caer con Saramago. Pero uno es débil y trata de pensar que el “Ensayo sobre la ceguera” no había sido un espejismo. Lo confirmo. Tardó en recordar que sus lectores queremos disfrutar de lo que escribe. Lo más maravilloso de este libro es que el autor no pretende convencerte de nada, no te escribe desde una propuesta conceptual, no te acosa con sus proclamas ni te recuerda que, si no piensas como él, eres un equivocado. Tampoco le da por parecer retorcido ni por ponerse estupendo ni dejarse arrinconar por Lobo Antunes. Saramago suelta la mano en “Las pequeñas memorias” y escribe con el calor del sol, la prudencia de los años, el aliento de la vida y la paciencia infinita de las ganas de contar. ¡Vaya que sí!
El lagarto verde y el olivo. Las fotos. El trasunto de los recuerdos, seguros y firmes en las personas, velados en los hechos y los afectos, porque la memoria decide a qué le concede un primer plano, qué desenfoca y qué permite acunar en las manos.
Con libros como éste se podrían organizar talleres de lectura. [Lo publicó Alfaguara en 2007].
viernes, 9 de julio de 2010
Mitología contemporánea
"El rey de la sandía". Es dura. La han publidao en Alfaguara en 2005.
Daniel Wallace ha escrito un novelón construyendo la historia con las piedras de su mitología. ¿Has visto o leído “Big Fish”? No se trata de una secuela, pero tiene los mismos ingredientes. ¡Me alegra que alguien así se haya hecho famoso!
La ciudad de Ashland es la Capital Mundial de la Sandía; durante décadas, las sandías que se cultivaban allí crecían más grandes y sabrosas que las de ninguna otra parte, debido a dos prácticas tradicionales. Una es un modelo de fertilización intensiva: enterrar todos los animales muertos en los campos y, en secreto, los cadáveres de los habitantes de la ciudad. Todos los ataúdes del cementerio de Ashland están vacíos. Pero esto es un secreto. La otra práctica tradicional es la proclamación del Rey de la Sandía...
Lucy Rider se enfrenta al pueblo y a su tradición. Muere. Cambia el mundo. Dieciocho años después, su hijo Thomas aparece por Ashland haciendo preguntas, quiere saber, y provoca un caos emocional al recuperar la memoria de las cosas. Todas las emociones, todas las ilusiones y todas las bajezas de las personas salen a pasear por la novela.
Daniel Wallace sitúa a lector, crea la secuencia como en un comic, dibuja el escenario con frases cortas y descripciones precisas. Después narra con sentido del espectáculo y acaricia cada mensaje. Con frecuencia utiliza comparaciones que ayudan a tocar las escenas y los conceptos. Se nota que le gusta escribir y que disfruta contando secuencias de absurdos imaginados que, paradójicamente, componen un collage vivo y perfectamente reconocible, el del mundo actual.
Una novela de las que vale la pena leer. Un canto a las ganas de vivir y hacer cosas, elegante, mítico, delicioso y corto en el mejor sentido de la palabra (262 páginas: yo considero corta toda novela que no se te cae de las manos y larga a las que te pesan, aunque tengan menos de cien páginas).
Daniel Wallace ha escrito un novelón construyendo la historia con las piedras de su mitología. ¿Has visto o leído “Big Fish”? No se trata de una secuela, pero tiene los mismos ingredientes. ¡Me alegra que alguien así se haya hecho famoso!
La ciudad de Ashland es la Capital Mundial de la Sandía; durante décadas, las sandías que se cultivaban allí crecían más grandes y sabrosas que las de ninguna otra parte, debido a dos prácticas tradicionales. Una es un modelo de fertilización intensiva: enterrar todos los animales muertos en los campos y, en secreto, los cadáveres de los habitantes de la ciudad. Todos los ataúdes del cementerio de Ashland están vacíos. Pero esto es un secreto. La otra práctica tradicional es la proclamación del Rey de la Sandía...
Lucy Rider se enfrenta al pueblo y a su tradición. Muere. Cambia el mundo. Dieciocho años después, su hijo Thomas aparece por Ashland haciendo preguntas, quiere saber, y provoca un caos emocional al recuperar la memoria de las cosas. Todas las emociones, todas las ilusiones y todas las bajezas de las personas salen a pasear por la novela.
Daniel Wallace sitúa a lector, crea la secuencia como en un comic, dibuja el escenario con frases cortas y descripciones precisas. Después narra con sentido del espectáculo y acaricia cada mensaje. Con frecuencia utiliza comparaciones que ayudan a tocar las escenas y los conceptos. Se nota que le gusta escribir y que disfruta contando secuencias de absurdos imaginados que, paradójicamente, componen un collage vivo y perfectamente reconocible, el del mundo actual.
Una novela de las que vale la pena leer. Un canto a las ganas de vivir y hacer cosas, elegante, mítico, delicioso y corto en el mejor sentido de la palabra (262 páginas: yo considero corta toda novela que no se te cae de las manos y larga a las que te pesan, aunque tengan menos de cien páginas).
jueves, 8 de julio de 2010
El libro de las ilusiones
Experimentar las sensaciones sin hacer que intervengan los sentimientos. Parece una orden disparada sobre el lector, una sugerencia al observador y un criterio para el guionista. Paul Auster, siempre él en sus novelas, nos regala una trabajadísima y emocionante sucesión de ocultaciones con todo tipo de matices.
La gran especialidad de David Zimmer es la de no saber estar en el lugar apropiado ni mucho menos en el momento debido. A pesar de ello, como nada es lo que parece, se encuentra con el regalo de las secuencias que le permiten reconstruir su desarrollo profesional y recomponer la figura de su persona. Siempre al través de sus interlocutores.
Por más que las circunstancias alejen a los protagonistas, la fuerza de sus impulsos más íntimos se empeña en acercar sus vidas, en cruzar sus travesías por el amor y el desamor, por el humor y el sentido de lo que realmente importa. Cartas como gritos para reconvertir la ilusión en algo palpable... y vuelta a la imagen original del desasosiego, que acude como una transfusión oportuna y necesaria en el momento en que las cosas parecen recobrar el sentido.
La novela trata de la posición de la persona ante la ilusión de la realidad y de la precisión del individuo frente a lo sesgado de los documentos: las personas son siempre certidumbres. Se trata de un trabajo de filosofía personalista, no en vano Auster es judío, es culto y trabaja sus personajes desde una óptica trascendente. A partir de ahí, “El libro de las ilusiones” se convierte en un juego de desidentidades.
Esta novela debería venir con una clara indicación: no hablar con nadie, no comer, no dormir, estar dispuesto a inquietarse y tranquilizarse alternativamente durante unas veinticuatro horas seguidas. “Cae” antes, pero se impone la relectura de determinados pasajes, de algunas cartas y de algunas tramas de las películas que conviven en la narración.
La veracidad de las ilusiones no es más que una perfecta coartada para justificar la valentía de los actos nobles. La valentía del amor no tiene mérito, es automática y perpetua. El coraje de luchar por la obra escondida, de seguir puliendo lo que tratamos de hacer desaparecer, nos entrega a la necesidad de aceptar que no olvidamos más que aquello que queremos olvidar, que la memoria es un recurso, una herramienta y que el olvido es una decisión, aunque el recuerdo sea un procedimiento.
[Una novela cortísima y mágica; biográfico de varias vidas, incluso de la del lector . Anagrama, 2003]
La gran especialidad de David Zimmer es la de no saber estar en el lugar apropiado ni mucho menos en el momento debido. A pesar de ello, como nada es lo que parece, se encuentra con el regalo de las secuencias que le permiten reconstruir su desarrollo profesional y recomponer la figura de su persona. Siempre al través de sus interlocutores.
Por más que las circunstancias alejen a los protagonistas, la fuerza de sus impulsos más íntimos se empeña en acercar sus vidas, en cruzar sus travesías por el amor y el desamor, por el humor y el sentido de lo que realmente importa. Cartas como gritos para reconvertir la ilusión en algo palpable... y vuelta a la imagen original del desasosiego, que acude como una transfusión oportuna y necesaria en el momento en que las cosas parecen recobrar el sentido.
La novela trata de la posición de la persona ante la ilusión de la realidad y de la precisión del individuo frente a lo sesgado de los documentos: las personas son siempre certidumbres. Se trata de un trabajo de filosofía personalista, no en vano Auster es judío, es culto y trabaja sus personajes desde una óptica trascendente. A partir de ahí, “El libro de las ilusiones” se convierte en un juego de desidentidades.
Esta novela debería venir con una clara indicación: no hablar con nadie, no comer, no dormir, estar dispuesto a inquietarse y tranquilizarse alternativamente durante unas veinticuatro horas seguidas. “Cae” antes, pero se impone la relectura de determinados pasajes, de algunas cartas y de algunas tramas de las películas que conviven en la narración.
La veracidad de las ilusiones no es más que una perfecta coartada para justificar la valentía de los actos nobles. La valentía del amor no tiene mérito, es automática y perpetua. El coraje de luchar por la obra escondida, de seguir puliendo lo que tratamos de hacer desaparecer, nos entrega a la necesidad de aceptar que no olvidamos más que aquello que queremos olvidar, que la memoria es un recurso, una herramienta y que el olvido es una decisión, aunque el recuerdo sea un procedimiento.
[Una novela cortísima y mágica; biográfico de varias vidas, incluso de la del lector . Anagrama, 2003]
miércoles, 7 de julio de 2010
La educación del estoico
‘Tudo que faço ou medito’
Porque no hay una sola frase traída al albur del recurso: todo es argumento y consistencia. Intensidad intelectual e intensidad moral nos acompañan en la trayectoria vital del Barón de Teive, un heterónimo más, que “siempre (ha) tenido más miedo a la muerte que a morir” y se retrata en su pasión por comprender qué es lo que mueve a las personas al amor y al desamor. La presión del destino sobre la posición del hombre, la aceptación del momento que le toca vivir a cada una de las personalidades que construyen a la persona (desde la coherencia vital de Pessoa). Un regalo para las ganas de leer y pensar y leer y disfrutar y leer y... ¡qué bien!
El honor y el silencio son el territorio y patrimonio del hombre que se busca de manera circular e infinita. La rebeldía de las emociones frente al pensamiento, la participación de la voluntad en la inteligencia, el deseo de pasar desapercibido en las formas y apreciado en los fundamentos. Estoicismo destilado, huesos sustentados en la decencia del los pensamientos defendidos y valores justificados en la educación. Educación entendida al modo de los anglosajones.
“La certeza es el dominio de los locos”. No duda el Barón de Teive, como no duda Pessoa y no nos permite sufrir a los demás, que ya está él para acodarse al dolor. “El placer es para los perros”, para nosotros el disfrute y la falsa indiferencia del cariño y del escarnio. Sólo se nos permite comprender y actuar.
El tedio de vivir está en la propia manera de comprender al estoico que Pessoa ve en todos nosotros, lectores a los que respeta, amigos desconocidos.
Unas palabras para el editor: gracias por cuidar el continente y facilitar la lectura. Una sólo para el traductor: ¡bien! [En editorial El Acantilado, 2005]
Porque no hay una sola frase traída al albur del recurso: todo es argumento y consistencia. Intensidad intelectual e intensidad moral nos acompañan en la trayectoria vital del Barón de Teive, un heterónimo más, que “siempre (ha) tenido más miedo a la muerte que a morir” y se retrata en su pasión por comprender qué es lo que mueve a las personas al amor y al desamor. La presión del destino sobre la posición del hombre, la aceptación del momento que le toca vivir a cada una de las personalidades que construyen a la persona (desde la coherencia vital de Pessoa). Un regalo para las ganas de leer y pensar y leer y disfrutar y leer y... ¡qué bien!
El honor y el silencio son el territorio y patrimonio del hombre que se busca de manera circular e infinita. La rebeldía de las emociones frente al pensamiento, la participación de la voluntad en la inteligencia, el deseo de pasar desapercibido en las formas y apreciado en los fundamentos. Estoicismo destilado, huesos sustentados en la decencia del los pensamientos defendidos y valores justificados en la educación. Educación entendida al modo de los anglosajones.
“La certeza es el dominio de los locos”. No duda el Barón de Teive, como no duda Pessoa y no nos permite sufrir a los demás, que ya está él para acodarse al dolor. “El placer es para los perros”, para nosotros el disfrute y la falsa indiferencia del cariño y del escarnio. Sólo se nos permite comprender y actuar.
El tedio de vivir está en la propia manera de comprender al estoico que Pessoa ve en todos nosotros, lectores a los que respeta, amigos desconocidos.
Unas palabras para el editor: gracias por cuidar el continente y facilitar la lectura. Una sólo para el traductor: ¡bien! [En editorial El Acantilado, 2005]
Historia secreta de una novela
Trepidante y mágica. Hay que buscarla en librerías de viejo (o casi); está en Tusquets Editor, Barcelona 1971. Tiene 75 páginas. Y es de lectura obligada, si no quieres que te pongan "punto negativo como lector".
Vargas Llosa levanta un documento impreso en letras verdes en el que nos cuenta por qué, para qué y cómo escribió “La casa verde”. Comienza desnudo, para vestirse poco a poco con la novela: los palacios interiores de las personas; los amuletos exteriores de ladrillo que manifiestan el poder de los individuos; la presencia mágica de las ciudades, como es el caso de Piura; el profundo respeto a lo humano. Todo acompañado por un personalísimo sentido del humor.
El acto creativo ocurre porque sí. El prodigio de la palabra es tan íntimo que sucede para uno mismo. Si los demás lo disfrutan, mejor para ellos.
Vargas Llosa levanta un documento impreso en letras verdes en el que nos cuenta por qué, para qué y cómo escribió “La casa verde”. Comienza desnudo, para vestirse poco a poco con la novela: los palacios interiores de las personas; los amuletos exteriores de ladrillo que manifiestan el poder de los individuos; la presencia mágica de las ciudades, como es el caso de Piura; el profundo respeto a lo humano. Todo acompañado por un personalísimo sentido del humor.
El acto creativo ocurre porque sí. El prodigio de la palabra es tan íntimo que sucede para uno mismo. Si los demás lo disfrutan, mejor para ellos.
viernes, 12 de febrero de 2010
Pasión por la literatura y la palabra
¡Dónde estabas, Sorela!, ¿dónde estabas? ¿Lamiendo las heridas que deja la buena literatura? Porque el arte, como dice Sordera, el cantaor, “te tiene que dolé”. Leer para disfrutar exige cierto proceso de aprendizaje: sólo así se construye un buen lector. Menudo libro éste: "Dibujando la tormenta" (Alianza).
Nos presenta Pedro Sorela una relectura organizada de la obra de cinco autores que él considera — y yo se lo compro — fundamentales e “inventores de la escritura moderna”: Faulkner, Borges, Stendhal, Shakespeare y Saint-Exupéry. Hay varios elementos comunes en todos ellos: son todos personajes extraordinarios, diferentes, ¿geniales?, desarraigados y fuertes en la defensa de sus valores. Todos cultísimos y ávidos lectores. Todos almas sufrientes. Todos poetas. Normal: la poesía es el género de verdad (esto no lo dice Sorela, lo digo yo) y todos los escritores sueñan con aproximarse, a medida que van cogiendo músculo, oficio y se van dejando penetrar por el arte.
Este libro debería ser un texto de referencia para enseñar literatura en Bachillerato. Se lee como un ensayo, se disfruta como una colección de episodios, se goza como los relatos más apasionantes — Sorela escribe muy bien, cuenta las cosas narrando caricias e iluminando situaciones — y se maneja como un diccionario enciclopédico de consulta imprescindible. En este libro están el lector, el profesor, el acompañador y el escritor. Gracias, Pedro.
Normalmente indico las páginas hasta el fin de lo que el libro cuenta. En este caso las he contado todas, porque la bibliografía y el índice analítico, perfectos, exactos y vivos, forman parte también de la obra.
What is your substance, whereof are you maid? Dice Shakespeare del amor. Eso recuerdo yo con este libro acerca de la pasión por la literatura y la palabra: para leer, sobar, comentar y tener a mano.
Nos presenta Pedro Sorela una relectura organizada de la obra de cinco autores que él considera — y yo se lo compro — fundamentales e “inventores de la escritura moderna”: Faulkner, Borges, Stendhal, Shakespeare y Saint-Exupéry. Hay varios elementos comunes en todos ellos: son todos personajes extraordinarios, diferentes, ¿geniales?, desarraigados y fuertes en la defensa de sus valores. Todos cultísimos y ávidos lectores. Todos almas sufrientes. Todos poetas. Normal: la poesía es el género de verdad (esto no lo dice Sorela, lo digo yo) y todos los escritores sueñan con aproximarse, a medida que van cogiendo músculo, oficio y se van dejando penetrar por el arte.
Este libro debería ser un texto de referencia para enseñar literatura en Bachillerato. Se lee como un ensayo, se disfruta como una colección de episodios, se goza como los relatos más apasionantes — Sorela escribe muy bien, cuenta las cosas narrando caricias e iluminando situaciones — y se maneja como un diccionario enciclopédico de consulta imprescindible. En este libro están el lector, el profesor, el acompañador y el escritor. Gracias, Pedro.
Normalmente indico las páginas hasta el fin de lo que el libro cuenta. En este caso las he contado todas, porque la bibliografía y el índice analítico, perfectos, exactos y vivos, forman parte también de la obra.
What is your substance, whereof are you maid? Dice Shakespeare del amor. Eso recuerdo yo con este libro acerca de la pasión por la literatura y la palabra: para leer, sobar, comentar y tener a mano.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Del buen uso de la lentitud
Es un libro políticamente incorrecto. Por eso me gusta tanto. Yo corrí todo lo que tenía que correr hasta los veintitrés años. Hoy en día me molesta la prisa. Tardo más en arreglarme que mi mujer. Pierre Sansot nos presenta una versión del arte del buen vivir, nos provoca para redescubrir la lentitud, para vagabundear por nuestro interior y acometer la vida con el reposo necesario. Comprende la lentitud como sinónimo de ternura, respeto, de la gracia de la que los hombres y los elementos a veces son capaces.
Instalados como estamos en el yaísmo de los telefoninos, los dichosos móviles, un vistazo a la calma produce efectos beneficiosos para el alma, es decir, nos ayuda a sentirnos limpios y dignos.
“Callejear no es detener el tiempo, sino adaptarse a él sin que nos atropelle.” (pág., 34). La lentitud nos permite acercarnos a la poesía de la vida. “Si la poesía tiene como atributo revelarnos una parte del Ser, si a veces nace de una armonía sutil, discreta, que conmueve a los hombres, los lugares y las estaciones, debemos admitir que las costumbres del vino son poéticas”. (pág., 105).
Dios nos libre de hacer apología del vicio: la sabiduría del vino está en el disfrute, no en el atracón. Todo lo que es excesivo y frenético produce hartazgo. La lentitud es mesura y templanza; no indica falta de agilidad ni de interés. La lentitud aboga por el aprecio del detalle y el mimo de lo aparentemente insignificante, es decir, considera que existen diferentes puntos de vista, que cada uno siente según percibe, interpreta y quiere... y que es necesario dedicar espacio y tiempo a comprender. De otro modo nos limitamos a bañarnos en asperezas en vez de a perfumarnos y afeitarnos con vida.
Por cierto, el libro está editado por Tusquets.
Instalados como estamos en el yaísmo de los telefoninos, los dichosos móviles, un vistazo a la calma produce efectos beneficiosos para el alma, es decir, nos ayuda a sentirnos limpios y dignos.
“Callejear no es detener el tiempo, sino adaptarse a él sin que nos atropelle.” (pág., 34). La lentitud nos permite acercarnos a la poesía de la vida. “Si la poesía tiene como atributo revelarnos una parte del Ser, si a veces nace de una armonía sutil, discreta, que conmueve a los hombres, los lugares y las estaciones, debemos admitir que las costumbres del vino son poéticas”. (pág., 105).
Dios nos libre de hacer apología del vicio: la sabiduría del vino está en el disfrute, no en el atracón. Todo lo que es excesivo y frenético produce hartazgo. La lentitud es mesura y templanza; no indica falta de agilidad ni de interés. La lentitud aboga por el aprecio del detalle y el mimo de lo aparentemente insignificante, es decir, considera que existen diferentes puntos de vista, que cada uno siente según percibe, interpreta y quiere... y que es necesario dedicar espacio y tiempo a comprender. De otro modo nos limitamos a bañarnos en asperezas en vez de a perfumarnos y afeitarnos con vida.
Por cierto, el libro está editado por Tusquets.
domingo, 7 de febrero de 2010
Las palabras de la vida
“Escuchaba en silencio y escuchaba el silencio”. Así comienza. Luis Mateo Díez nos traslada al mundo de las historias contadas al amor de una ocasión, o de ninguna. Historias contadas para entretener, para vaciarse, para acompañar las horas o el crepitar de las llamas; aderezar un cesto de vainas que limpiar y partir.
Los ritos de la palabra recogen vidas y por eso las reconstruyen. Convierte este libro las palabras en personajes animados: es la prosopopeya de la prosopopeya. Las palabras tienen el poder y el don de provocar emociones y preceder al pensamiento.
“Alguien dijo que el tiempo es una sustancia metafísica que nos contiene, nos vigila, nos acecha. Sólo la palabra lo detiene, lo pone en su sitio, pero sin perder su fragilidad. La vieja idea de que se cuenta, se escribe, para no morir, tiene en la oralidad un especial sentido, por que la esencia misma es aplazar la llegada de la muerte, de la destrucción, entendiendo que la muerte es el olvido definitivo, la otra orilla de la memoria y la vida.
Hablamos para entendernos, para comunicarnos, para acompañarnos, para decirnos lo mucho que nos queremos o lo ingratos que somos, pero, sobre todo, lo hacemos para atarnos a la vida que es lo que de veras compartimos.
No en vano en principio fue el Verbo”. (págs. 68/69).
Podemos seguir leyendo... “El recuerdo que se siente y no se cuenta duerme en el secreto de nuestra intimidad y en ese secreto acaba apagándose. La palabra lo rescata, le devuelve su poder y su materia.” (pág., 105). Un poco más aún: “Vivimos en una sociedad en la que el ocio es industria y esa industria fabrica y vende sin piedad infinitos pasatiempos. También porque a esa industria, según dicen algunos expertos, no le interesa la imaginación. En realidad, la industria del ocio existe para sustituir la imaginación, para fabricar productos que la hagan innecesaria, ya que a quien le sobra imaginación jamás le falta entretenimiento.” (págs., 134/35).
¿Más razones para amasar palabras y leerlas y trasladarse con ellas al mundo de la libertad interior?
Los ritos de la palabra recogen vidas y por eso las reconstruyen. Convierte este libro las palabras en personajes animados: es la prosopopeya de la prosopopeya. Las palabras tienen el poder y el don de provocar emociones y preceder al pensamiento.
“Alguien dijo que el tiempo es una sustancia metafísica que nos contiene, nos vigila, nos acecha. Sólo la palabra lo detiene, lo pone en su sitio, pero sin perder su fragilidad. La vieja idea de que se cuenta, se escribe, para no morir, tiene en la oralidad un especial sentido, por que la esencia misma es aplazar la llegada de la muerte, de la destrucción, entendiendo que la muerte es el olvido definitivo, la otra orilla de la memoria y la vida.
Hablamos para entendernos, para comunicarnos, para acompañarnos, para decirnos lo mucho que nos queremos o lo ingratos que somos, pero, sobre todo, lo hacemos para atarnos a la vida que es lo que de veras compartimos.
No en vano en principio fue el Verbo”. (págs. 68/69).
Podemos seguir leyendo... “El recuerdo que se siente y no se cuenta duerme en el secreto de nuestra intimidad y en ese secreto acaba apagándose. La palabra lo rescata, le devuelve su poder y su materia.” (pág., 105). Un poco más aún: “Vivimos en una sociedad en la que el ocio es industria y esa industria fabrica y vende sin piedad infinitos pasatiempos. También porque a esa industria, según dicen algunos expertos, no le interesa la imaginación. En realidad, la industria del ocio existe para sustituir la imaginación, para fabricar productos que la hagan innecesaria, ya que a quien le sobra imaginación jamás le falta entretenimiento.” (págs., 134/35).
¿Más razones para amasar palabras y leerlas y trasladarse con ellas al mundo de la libertad interior?
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